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Arte, comunidad y precarización: ¿quién sostiene a quién?

«Aquello que no se paga se naturaliza; y aquello que se naturaliza se explota.» -Silvia Federici.

¿Cómo se sostiene un sistema cultural, un ecosistema cultural, frente a un sistema comercial siempre predominante y avasallante? ¿Cómo generar condiciones para que los artistas no sean únicamente aquellos visibilizados por los medios masivos de comunicación, sino también quienes deciden dedicar su vida y su profesión a las artes desde otras vertientes: las comunidades, los barrios, las colonias?

La idea de éxito asociada exclusivamente a la visibilidad mediática es, además de reducida, profundamente engañosa. No todos los procesos creativos están pensados para el escaparate del mainstream, ni deberían estarlo. Existen artistas cuya decisión vital es crear desde su territorio, desde su comunidad inmediata, sin que eso represente una meta no alcanzada o una carrera fallida.

La precarización de los artistas no es un fenómeno nuevo. A lo largo de la historia encontramos innumerables ejemplos de creadores cuyo talento transformó el rumbo de las artes, pero que enfrentaron enormes dificultades para sostener su vida cotidiana. Música, danza, teatro, artes visuales, literatura o nuevas tecnologías: las disciplinas cambian, el problema persiste.

En México, el Estado ha intervenido históricamente a través de sistemas de apoyo y becas, particularmente desde la década de los ochenta. Estos mecanismos han permitido, sin duda, mantener viva la llama de múltiples proyectos independientes, autónomos y resilientes. Sin embargo, también han generado debates constantes: ¿por qué los artistas parecen ser un “sector privilegiado”? ¿por qué el apoyo no alcanza a la mayoría?

La respuesta tiene que ver con un desbalance estructural. Mientras el Estado no regula de manera equitativa el ecosistema cultural, el mercado del entretenimiento —históricamente dominado por grandes corporaciones mediáticas— impone sus propias reglas, define quién es visible y quién no. Sin demeritar la calidad de muchos artistas posicionados en estos circuitos, lo cierto es que miles de creadores quedan marginados, invisibilizados, reducidos a la periferia simbólica.

El problema no es que existan figuras mediáticas. El problema es creer que solo ahí existe el arte.

El artista también es quien trabaja en su colonia, quien forma procesos comunitarios, quien acompaña talleres, quien crea desde la cercanía y la constancia. La visibilidad no es únicamente digital ni comercial: también ocurre en el reconocimiento cotidiano de una comunidad que observa, participa y se transforma a través del arte.

Aquí hay una tarea urgente: recuperar a los artistas desde lo comunitario. Apostar por el seguimiento de sus procesos, no solo por el evento aislado. Acompañar puestas en escena, conciertos, exposiciones, presentaciones literarias. Los artistas están en todos los rincones del país —en San Luis Potosí también—, pero muchas veces no sabemos verlos.

Las becas y apoyos estatales, aunque necesarias, no son la solución definitiva. Alcanzan apenas a una mínima fracción del sector. Mientras tanto, generaciones completas de artistas atraviesan un recorrido conocido: en los veintes, el impulso y el sueño de vivir del arte; en los treintas, el desgaste económico; en los cuarentas, el abandono forzado o el anclaje en trabajos que poco tienen que ver con su vocación.

Dar clases, gestionar proyectos, diversificar el oficio también son formas legítimas de crecimiento y sostenibilidad. El problema aparece cuando esas alternativas se vuelven la única opción posible, no por elección sino por supervivencia.

A esto se suma otro efecto nocivo: la normalización del trabajo artístico no remunerado. Eventos “gratuitos” organizados por el Estado, pagos sustituidos por “promoción”, discursos que romantizan la vocación. Como se dijo durante la pandemia: no se vive de aplausos.

Pagar justamente a los artistas por talleres, funciones, textos y presentaciones no es un favor: es una responsabilidad social. También lo es exigir como consumidores una economía cultural más justa, un mercado circulatorio del arte que no dependa solo del boca a boca, sino del acompañamiento real a los procesos creativos.

No se trata de negar el valor del mainstream ni de oponerse al entretenimiento comercial. Se trata de equilibrar el ecosistema, de entender que sin artistas locales, comunitarios y autónomos, la vida cultural se empobrece.

Seguir analizando la precarización de los hacedores de arte en México —y en San Luis Potosí— es urgente. Solo así podremos imaginar nuevas dinámicas, nuevas regulaciones y nuevas formas de sostener a quienes, desde hace décadas, sostienen la sensibilidad y la reflexión de nuestra sociedad.

Hasta la próxima.

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