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Feria de la Lectura y el Arte (FELEAL) 2026: la lectura como acto ciudadano y no como ornamento oficial

«La cultura no es un lujo: es el espacio donde una comunidad se reconoce, se piensa y se transforma.» Néstor García Canclini.

¿Qué pasaría si las políticas culturales se diseñaran escuchando primero a quienes ya sostienen la vida cultural cotidiana de San Luis Potosí y no únicamente a curadurías externas? ¿Hasta cuándo la gestoría ciudadana seguirá siendo celebrada solo cuando resuelve carencias institucionales, pero no respaldada estructuralmente con recursos y continuidad? ¿Puede hablarse de derechos culturales plenos si los proyectos locales dependen del esfuerzo voluntario y la precariedad, mientras el discurso oficial insiste en la inclusión y la participación?

Los días 24 y 25 de enero de 2026 se llevó a cabo en el Atrio del Centro Cultural del Museo del Virreinato de San Luis Potosí la primera edición de la Feria de la Lectura y el Arte Local (FELEAL), un proyecto que, más allá de su dimensión programática, se vuelve significativo por el modo en que fue gestado: desde la gestoría ciudadana, con apoyos mínimos institucionales y con una clara vocación de articulación entre creadoras, creadores, libreras, libreros, promotores y públicos.

La FELEAL surge a partir de la invitación y el trabajo sostenido de Karina Soltero, promotora cultural que ha construido en San Luis Potosí una red activa de colaboraciones entre proyectos independientes, librerías, talleristas y agentes culturales. Junto con Regala un Libro SLP y la Red de Libreros Potosinos Independientes, este esfuerzo logró concretar dos días completos de programación —de 10:00 a 18:00 horas— en un espacio público emblemático, con una agenda diversa y accesible.

Resulta importante subrayar que este proyecto fue posible gracias a una combinación de voluntades: la iniciativa ciudadana como eje, el acompañamiento del Centro Cultural del Museo del Virreinato, y el respaldo básico —en insumos y materiales— tanto de Cultura Municipal del Honorable Ayuntamiento de San Luis Potosí como de la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado. Sin embargo, la FELEAL también pone sobre la mesa una discusión necesaria: los proyectos culturales no pueden sostenerse solo desde la precariedad. El trabajo cultural requiere recursos económicos suficientes, no como concesión, sino como derecho.

En este sentido, la FERIA DE LA LECTURA Y EL ARTE LOCAL, dialoga de manera directa con lo que establece la Carta de la Ciudad de San Luis Potosí por los Derechos Culturales, donde se reconoce la obligación de las instancias públicas de garantizar el acceso, la participación, la producción y la circulación de la cultura, así como de fortalecer las condiciones para que las comunidades culturales locales desarrollen sus propios procesos. No se trata únicamente de “permitir” eventos, sino de respaldarlo estructuralmente, entendiendo la cultura como un bien público y un derecho humano.

Uno de los mayores aciertos de esta feria es que visibiliza el trabajo que ya se hace en San Luis Potosí. Librerías independientes, proyectos editoriales, fanzines, cómics, historietas, clubes de lectura, narradoras y narradores orales, cuentacuentos, talleristas, escritoras y escritores locales encontraron aquí un espacio de encuentro real con la ciudadanía. En un contexto donde la lectura física parece relegada frente al consumo acelerado de contenidos digitales, este tipo de iniciativas recuperan la experiencia corporal, comunitaria y afectiva del libro y sus múltiples derivados.

La diversidad no fue solo discursiva, fue tangible en la programación. La FELEAL reunió lecturas en voz alta y narración oral —como Aquí cantaba el agua, centrada en la memoria hídrica de la ciudad, o Relatos y leyendas potosinas— con charlas y mesas de diálogo sobre prácticas editoriales, fanzineras y procesos de escritura alternativos en San Luis Potosí, así como la presentación de documentales ligados a la memoria cultural y artística potosina (el poeta Joaquín Antonio Peñalosa o el pintor Jesús Ramos), donde la imagen, el testimonio y la palabra dialogaron como formas complementarias de preservación y reflexión.

A ello se sumaron presentaciones de libros de editoriales independientes, clubes de lectura que discutieron la experiencia comunitaria de leer, talleres accesibles de creación manual y fanzine, y presentaciones musicales de compositoras y compositores locales. Una programación que cruzó generaciones, formatos y disciplinas, evidenciando un ecosistema cultural vivo, diverso y en permanente construcción.

Este modelo contrasta con otros eventos culturales que, históricamente, han privilegiado curadurías externas, muchas veces ajenas a las dinámicas locales. Sin restar valor a las presencias nacionales e internacionales —siempre enriquecedoras—, es urgente revisar las proporciones: cuando la participación local se vuelve marginal, se debilita el tejido cultural y se desaprovecha el conocimiento situado de quienes habitan, producen y sostienen la cultura en el territorio.

Por ello, resulta fundamental que las instancias culturales gubernamentales —Ayuntamiento, Secretaría de Cultura y organismos vinculados— observen con atención lo que está ocurriendo desde la gestoría ciudadana. Que reconozcan el trabajo de personas como Karina Soltero (y muchísimas más en todas las áreas artísticas) , no solo por su capacidad de organización, sino por su conocimiento profundo del ecosistema cultural potosino y su insistencia en generar redes, no protagonismos.

En este punto, vale recordar también la existencia del Consejo Ciudadano de Cultura, que inicia un nuevo periodo. Su papel no debería limitarse al aval automático de las iniciativas institucionales, sino asumir una función crítica, reflexiva e inclusiva, capaz de escuchar a quienes hacen cultura todos los días y de incidir en políticas públicas más justas y sostenidas.

La FELEAL, en su primera emisión, demuestra que sí es posible construir espacios culturales desde abajo, con impacto real, aun en condiciones limitadas. Pero también deja claro que estos proyectos no deben quedar solos. Si se aspira a que se consoliden como referentes —locales, nacionales e incluso internacionales—, el respaldo institucional debe crecer en coherencia con el discurso de derechos culturales.

Lo ocurrido en el Atrio del Centro Cultural del Museo del Virreinato no fue un evento aislado: fue una advertencia. La demostración de que la ciudadanía organizada puede articular proyectos culturales sólidos incluso con recursos mínimos, mientras las instituciones continúan debatiéndose entre la inercia administrativa y el discurso de inclusión. La pregunta ya no es si este diálogo es posible, sino quién estará dispuesto a sostenerlo, a respaldarlo con decisiones, presupuestos y confianza en quienes hacen cultura todos los días. Porque cuando la cultura local avanza solo a fuerza de voluntad y precariedad, lo que queda en evidencia no es su fragilidad, sino la ausencia de una política cultural que asuma, de una vez por todas, su responsabilidad pública.

Hasta la próxima.

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