¿Cómo hablar desde el arte en tiempos de polarización extrema sin reproducir la violencia que se denuncia? ¿Puede un espectáculo masivo convertirse en un acto político sin recurrir a la confrontación directa? ¿Qué significa que un artista latino, cantando en español, ocupe hoy el corazón simbólico de la cultura estadounidense?
No hay nada más poderoso que el odio… salvo el amor. Esa idea atravesó, de manera silenciosa pero contundente, el ejercicio escénico que Bad Bunny presentó en el Super Bowl 2026. Y vale decirlo así: no fue solo un concierto, sino una operación simbólica y política en uno de los escenarios más emblemáticos del entretenimiento estadounidense.
El contexto importa. Vivimos tiempos de polarización extrema, discursos de odio normalizados y políticas abiertamente xenófobas impulsadas desde el gobierno de Donald Trump, que han derivado en persecución, criminalización y violencia contra la comunidad latina. En ese marco, cualquier aparición pública de alto impacto podía haber optado por el grito o la provocación frontal. Bad Bunny eligió otro camino.
El dato es histórico: primer artista latino en presentarse completamente en español en el Super Bowl, la fiesta por antonomasia de la cultura americana. A ello se suma el Grammy 2026 a Mejor Álbum en Español, un hecho sin precedentes. Pero lo verdaderamente político no estuvo en las cifras, sino en la forma.
Desde un escenario monumental en California, Bad Bunny construyó un recorrido desde lo comunitario: trabajadores, puestos de comida, bazares, músicos locales, boxeadores, la vida cotidiana latinoamericana puesta en el centro. La casita puertorriqueña, presente en su álbum Debí tirar más fotos, funcionó como símbolo de origen, memoria y pertenencia. No como nostalgia, sino como afirmación identitaria.
Uno de los momentos más potentes ocurrió lejos del despliegue espectacular: Bad Bunny apareció con un niño, a quien entregó el Grammy ganado apenas ocho días antes, mirando directo a la cámara. Un gesto que podría parecer cursi, pero que se volvió profundamente político: una invitación a creer. En tiempos donde el síndrome del impostor atraviesa edades, profesiones y trayectorias, ver a un joven de 32 años —que hace una década trabajaba como empacador en un supermercado— en la cima del mundo cultural nos obliga a mirarnos y reconocer lo que también podemos ofrecer.
Ese gesto dialogó con el homenaje a Tego Calderón, Don Omar y Daddy Yankee, padres del reguetón y antecedentes de un género históricamente vilipendiado por su origen popular. Minimizar el reguetón, como antes la cumbia o la música grupera, no es solo una discusión estética: es una postura clasista que desprecia otras formas de narrar y entender la vida. Y no olvidemos: el Super Bowl es, ante todo, un evento masivo de cultura popular.

El cierre fue claro y preciso: “Dios bendiga América”, enumerando uno a uno los países del continente, de sur a norte. América no como propiedad de una nación, sino como territorio compartido. Una crítica directa al imaginario imperial sin necesidad de alzar la voz.
Lo que ocurrió ahí no fue un ataque, sino una catarsis colectiva. Una muestra de que la política también puede ejercerse desde la fiesta, el afecto y el reconocimiento mutuo. En tiempos donde la violencia suele responderse con más violencia, Bad Bunny apostó por el amor como acto radical.
Tal vez ahí radique hoy la potencia del arte: no en dividirnos más, sino en permitirnos reconocernos, reflejarnos y volver a abrazarnos.
Hasta la próxima.


