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San Luis Potosí escribe, pero el Festival Internacional de Letras, ¿escucha?

Un festival de esta magnitud podría ampliar su alcance si llevara parte de su programación a barrios, colonias populares, centros comunitarios y casas de cultura.

¿Es posible construir una verdadera comunidad lectora cuando las actividades no alcanzan las zonas populares donde la literatura es más necesaria? ¿Seguir “celebrando la literatura”, si la mayoría de las voces locales siguen apareciendo en aparente segundo plano en su propia casa? Con estas preguntas al frente —quizá incómodas, pero creo, pertinentes— se llevó a cabo, del 24 al 28 de noviembre del 2025, el XVIII Festival Internacional de Letras San Luis, encuentro que clausura de manera contundente las actividades literarias del año y que, en esta edición de mayoría de edad, se hizo inevitable volver la mirada a su fundador, Daniel García Álvarez de La Llera, fallecido hace un año.

Su iniciativa, sostenida a pesar de múltiples cambios de administración, continúa bajo el Honorable Ayuntamiento de San Luis Potosí – ahora con el alcalde Enrique Francisco Galindo Ceballos – y ha logrado consolidarse como un punto de encuentro imprescindible para lectoras y lectores del estado.

La programación reunió a voces nacionales e internacionales como Alberto Ruy Sánchez, Ana Clavel, Gioconda Belli, Guillermo Fadanelli, Hermann Bellinghausen,  Luis Tovar, Rosa Beltrán, Valerio Magrelli, Laura García, E. Tonatiuh Trejo, Mónica Nepote, entre otros. Por San Luis Potosí participaron Celeste Alba Iris, Francisco Márquez, Nuria Káiser, Lilia Ávalos, y, en el ámbito de la dramaturgia (género no oficial dentro del festival), quien escribe esta columna, Juan José Campos Loredo.

El festival desplegó actividades en instituciones educativas, en el Teatro de la Paz, en la Unidad Administrativa Municipal así como en el Centro Cultural Palacio Municipal, con recintos llenos, públicos atentos y una escucha viva. Este entusiasmo confirma que en San Luis Potosí existe una base sólida de lectores y un genuino interés por sostener la conversación literaria.

Descentralizar para democratizar

Pero más allá del entusiasmo surge una pregunta simple y profunda: ¿a quién está realmente llegando este festival?

A pesar de los esfuerzos por abrir espacios en escuelas e instituciones, quedan reflexiones necesarias. Un festival de esta magnitud podría ampliar su alcance si llevara parte de su programación a barrios, colonias populares, centros comunitarios y casas de cultura, donde la lectura y la escritura pueden ser herramientas poderosas de participación social y transformación colectiva. La cultura —si quiere ser transformadora— debe sembrarse también en las periferias.

Bajo ese entendido, la cultura, si pretende ser motor de cambio, no puede permanecer recluida en los márgenes institucionales ni en los públicos habituales. Un proyecto literario sólido debe tener presencia todo el año: talleres, encuentros, procesos de lectura en territorio. Un festival no debería ser el único gran momento, sino la culminación de una labor continua, sostenida y cercana a la comunidad.

En ocasiones se percibe cierto elitismo en la selección de sedes y públicos. Pero un festival organizado desde el Ayuntamiento tiene la capacidad real de abrir rutas hacia comunidades menos atendidas y donde el acceso a estas experiencias suele ser limitado (ahí están las Juntas de Participación Ciudadana como puntos de enlace con la ciudadanía); además, un proyecto cultural sólido, no debería concentrarse únicamente en un evento anual, sino sostener una presencia continua durante todo el año, con talleres, visitas y procesos comunitarios no solo con escritores sino también con promotores e incluso, editores literarios que muestren esas herramientas que a bien podrían aportar al conocimiento de cómo transferir los saberes comunitarios a través de la diversidad de publicaciones, sembrando una efervescencia cultural que culmine —entonces sí— en un festival donde la comunidad ya esté involucrada y representada.

La presencia local: necesaria, pero frágil

Es importante señalar, además, la presencia —insuficiente pero significativa— de autoras y autores de San Luis Potosí en el programa oficial. Este año destacaron la ganadora del Premio Municipal de Poesía 2025, Celeste Alba Iris; el ganador del Premio Municipal de Cuento 2025, Francisco Márquez; la narradora Nuria Kayser —ganadora en su momento del Premio 20 de Noviembre Manuel José Othón en 2017—; y la novelista y ensayista Lilia Ávalos, autora ganadora del Premio Dolores Castro 2020, que continúa construyendo una obra importante. Y, en lo que respecta a la dramaturgia, mi participación, en mi caso, Premio Estatal de Dramaturgia Manuel José Othón 2006 y 2025, ocurrió desde un espacio alterno más allá de alguna invitación directa.

La búsqueda de espacios es una costumbre de muchos creadores desde la autonomía -y así fue mi caso-, especialmente considerando que el género dramático no ha formado parte de la programación oficial del festival más que en muy mínimas ocasiones en su historia . Tuve el grato honor de que mi solicitud a participar fuera considerada favorablemente y desde ahí, lograr entrar en programación “alternativa”. ¿Y que se puede decir? De mi parte creo, invita a cuestionar la ausencia sistemática del género dramático dentro de las curadurías. El pensar la inclusión de la dramaturgia desde la posibilidad del quizá, enriquecer la diversidad del festival así como, el permitir al público aproximarse a un género cuyo valor literario va más allá de la puesta en escena. Esa fue la apuesta en mi caso. Y así, el esfuerzo.

A la presentación del primer número de la colección Carajillo Teatral, publicada por Índice Editorial, donde se realizó una lectura de atril de mi obra “Y en una banca estéril al final de los días”, la respuesta del público durante la lectura en el Patio Central de Palacio Municipal ( y entre ellos, la muy agradecible asistencia de Martin Juárez Córdova, Director de Cultura Municipal), dejó claro que el género sí puede generar interés cuando se le ofrece un espacio digno y se contextualiza adecuadamente. Por ello, más que una anécdota individual, mi participación se convierte en una muestra de algo más amplio: la necesidad del cómo pensar la dramaturgia como parte natural del proyecto literario del festival.

Y aclaro: mencionarlo no responde a una queja personal; al contrario. Lo nombro porque evidencia un problema estructural: la dramática —uno de los tres géneros literarios fundamentales— no forma parte de la programación oficial del festival. No que tenga que serlo. Pero a fin de cuentas, diría el titular de cultura municipal Martin Juárez al culminar la lectura de atril: “El festival es de letras. De todo lo que lleva letras. Hay que sumar y vamos trabajando la propuesta (incluir la dramaturgia) para que llegue a la edición 19”. Y con ello, se agradece la escucha y la apertura para este tema.

Los escritores locales, la gran mayoría, ¿De primera o segunda división?

Aun con los avances visibles, la programación continúa reflejando una jerarquía implícita donde las voces potosinas aparecen en muchos casos como una especie de “segunda división”. Esto no responde a falta de talento, rigor o profesionalismo, sino a prácticas heredadas que siguen privilegiando lo externo sobre lo propio. Y bueno, si la curaduría “principal” se hace desde fuera de San Luis Potosí, ¿Cómo conocer lo que se hace en la ciudad de origen de este festival?

El Festival Internacional de Letras San Luis—ahora con 18 años cumplidos— tiene la responsabilidad de replantear sus criterios y ofrecer a las escritoras y escritores locales un lugar a la altura de su trabajo. Resulta evidente que los escritores potosinos no pueden seguir siendo considerados una categoría menor dentro de la programación al tener tan poca representación dentro de la misma. San Luis tiene una comunidad amplia, seria y profesional de autoras y autores cuya visibilidad debería estar a la altura de la de sus pares nacionales e internacionales.

Llegar a los 18 años es un hito, pero también una responsabilidad. Este festival, con todo lo que ha logrado, puede dar un paso más: lo pendiente se señala con esperanza, no con desdén: descentralizar sus actividades, incluir y escuchar a su comunidad literaria (escritores, promotores de lectura, editores), reconocer y equilibrar más allá solo de lo consabido como es la narrativa y la poesía (el espacio a la dramaturgia también es necesario). Vamos, atender con mayor fuerza a la literatura local. Y así, permitir que San Luis Potosí se lea a sí mismo con justicia y profundidad.

Lo logrado se celebra. Lo pendiente se señala con la esperanza de que el festival, en su madurez recién alcanzada, pueda volverse en la práctica -y más allá del simple discurso – más incluyente, más horizontal y más representativo.

Hasta aquí la reflexión.

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