“El Poder es para poder.”
Porfirio Díaz
¿Puede llamarse democracia a un proyecto que diseña su propia sucesión familiar desde el poder? ¿La reforma contra el nepotismo será un principio innegociable o una moneda de cambio electoral? ¿Hasta dónde está dispuesto el poder federal a tolerar un cacicazgo regional que desafía su narrativa pública?
En política no existen los vacíos: existen las ambiciones. Y cuando la ambición se pronuncia en voz alta —“treinta años”— deja de ser proyecto y se convierte en advertencia.
Ricardo Gallardo Cardona no ha ocultado su intención de construir una hegemonía prolongada en San Luis Potosí. El método parece claro: continuidad familiar, control partidista y dominio territorial. La eventual candidatura de su esposa, la senadora Ruth González Silva, no es una casualidad política; es una estrategia de sucesión.
Pero la escena nacional ha cambiado. La presidenta Claudia Sheinbaum ha impulsado una reforma contra el nepotismo electoral que, más allá de sus alcances técnicos, envía un mensaje político inequívoco: no más dinastías disfrazadas de democracia. La línea es clara, aunque su aplicación aún esté en disputa.
En el plano local, el episodio de la llamada “Ley Gobernadora” —una reforma que obligaba a postular únicamente mujeres para la gubernatura y ciertos cargos municipales— fue interpretado como un traje a la medida. La iniciativa, aprobada por el Congreso estatal y respaldada por el (CEEPAC), terminó siendo vetada por el propio gobernador ante la presión política y mediática.
El mensaje fue ambiguo: se impulsa, se prueba la reacción, se repliega. Una política de ensayo y error donde el poder tantea hasta dónde puede llegar.
Mientras tanto, el dirigente nacional del Partido Verde, Manuel Velasco, ha levantado la mano de Ruth González sin el menor rubor. Las encuestas, dice, la favorecen ampliamente. Nada extraño cuando desde el inicio del sexenio la figura de la senadora ha sido posicionada con la infraestructura gubernamental, giras permanentes, entrega de apoyos y construcción paralela de estructuras territoriales.
La pregunta de fondo no es si puede hacerlo. La pregunta es si debe hacerlo.
El contexto se complica aún más con la postura de, quien ha declarado que Morena no respaldará candidaturas con línea familiar directa respecto de gobernantes en turno. Si esa postura se mantiene, la alianza Morena–Verde en San Luis Potosí se vuelve improbable.
Y aquí aparecen las verdaderas tensiones:
¿Se impondrá la disciplina nacional o la aritmética electoral local?
¿Es la reforma antinepotismo un principio o una herramienta de negociación?
¿Puede sobrevivir un proyecto político cuya narrativa central es la continuidad familiar del poder?
Como advirtió el politólogo italiano : “El poder sin límites deja de ser gobierno y se convierte en dominación.”
La frase encaja con una precisión incómoda. Cuando la política deja de ser alternancia y se transforma en patrimonio, el voto se degrada. Y cuando el voto se degrada, la democracia se vuelve escenografía.
En San Luis Potosí el Partido Verde ha construido su mayor bastión nacional. Pero todo bastión que depende de recursos públicos, programas sociales y una maquinaria territorial sostenida desde el erario tiene un punto vulnerable: la legitimidad. La feria como espectáculo permanente, el gasto oneroso, la promoción personalizada, las redes clientelares… todo eso puede funcionar mientras no exista un contrapeso real. Pero cuando el debate se nacionaliza, el margen se reduce.
Aquí entra otra variable: la Federación. El equilibrio entre Palacio Nacional y los poderes locales nunca es inocente. La última palabra no siempre la tiene la narrativa pública, sino la correlación de fuerzas.
Y en esa correlación, el mensaje presidencial contra el nepotismo no es menor.
La historia política mexicana está llena de cacicazgos que parecían inamovibles… hasta que dejaron de serlo.
El poder puede heredarse. La autoridad, no.
Y si algo demuestra este momento es que el verdadero límite de un proyecto no lo marca la ambición de treinta años, sino la capacidad de sostener legitimidad más allá del parentesco.
San Luis Potosí no está decidiendo una candidatura. Está decidiendo si quiere una alternancia democrática… o una dinastía con logotipo verde.
La diferencia no es semántica. Es histórica. Y así hay que entenderla y cuestionarla.
Hasta la próxima.


