Detrás de la parafernalia inaugural del proyecto «Dinoasis» en el Parque Tangamanga I, se oculta una gestión hídrica marcada por la incongruencia oficial y la explotación irresponsable del recurso. Mientras el discurso del Ejecutivo estatal apuesta por una narrativa de sostenibilidad, los hechos en campo sugieren una realidad alarmante: el uso de infraestructura estratégica para fines recreativos en detrimento del consumo humano.
La Falacia de la Autosuficiencia
El gobernador Ricardo Gallardo Cardona sostuvo públicamente que el abastecimiento del renovado balneario estaba garantizado, afirmando incluso que el agua se reciclaría durante un periodo de siete años. No obstante, esta supuesta autonomía técnica quedó desmentida tras reportarse que, en vísperas de la inauguración, cuadrillas encargadas de la obra intentaron realizar una conexión irregular al sistema del tanque y pozo de Balcones del Valle.
Este intento de «colgarse» de la red no es un incidente menor. Dicha infraestructura, operada por el organismo Interapas, constituye el último recurso de mitigación para la zona sur ante las sistemáticas averías del ducto de El Realito. Intentar desviar este flujo hacia un centro de esparcimiento evidencia una priorización política sobre la seguridad hídrica de miles de potosinos.
La movilización de pipas y el llenado masivo de albercas han sido documentados por ciudadanos que, con legítima preocupación, exigen transparencia. La contradicción es insalvable: si el proyecto contaba con reservas propias, la necesidad de intervenir redes estratégicas o de emplear suministros externos carece de sustento logístico, pero no de sospecha ética.
La administración estatal ha incurrido en una explotación depredadora del recurso, operando bajo una opacidad que vulnera el debate público. La reconversión del Tangamanga Splash no solo hereda un costo operativo cuestionable, sino que ahora carga con el estigma de la ilegalidad y la falta de empatía hacia una capital sumida en una crisis de desabasto permanente.


