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La gallardía y la política «cultural» como espectáculo.

Espectáculo, gasto opaco y cultura convertida en propaganda: una crítica directa al modelo político de Rivardo Gallardo Cardona, donde la visibilidad sustituye al proyecto y el poder se juega como puesta en escena.

Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante.”

  • Ryszard Kapuściński

¿En qué momento el espectáculo sustituyó al proyecto? ¿En qué instante la cultura dejó de ser política pública para convertirse en ornamento? ¿Y desde cuándo gobernar es sinónimo de entretener?

Vivimos tiempos inconcebibles, difíciles incluso de nombrar con precisión. En plena Semana Santa —uno de los momentos más significativos en términos simbólicos, culturales y espirituales para San Luis Potosí— lo que emerge no es la profundidad de la tradición, sino la superficie del espectáculo.

Por un lado, el gobernador Ricardo Gallardo Cardona continúa su ruta de inauguraciones, entre ellas un balneario presumido como uno de los mejores del país, pero envuelto desde su origen en opacidad: costos poco claros, disputas por el uso de nombre sin registro legal y, sobre todo, una pregunta de fondo que permanece sin responder: ¿para qué? Más allá de fortalecer una infraestructura estratégica para el desarrollo del estado, lo que se observa es la reiteración de espacios de entretenimiento bajo una lógica que privilegia el impacto inmediato sobre la construcción de sentido.

Esta misma lógica ha operado en la apropiación y traslado de expresiones profundamente identitarias como el Xantolo. Lo que en la Huasteca potosina es ritual, memoria y vínculo con la muerte, en la capital se diluye progresivamente en una verbena masiva. Se convierte en espectáculo. Se multiplica en comparsas, en ruido, en consumo. Y en ese proceso, pierde espesor simbólico. Gana visibilidad, sí, pero a costa de su significado.

El caso del llamado “himno a San Luis Potosí”, encargado al grupo Los Acosta, es igualmente revelador: un gasto oneroso, una apuesta estética cuestionable y un resultado condenado al olvido casi inmediato. Un producto más de consumo efímero en una administración que parece entender la cultura como un accesorio propagandístico y no como un eje estructural de desarrollo.

En paralelo, la vida política se tensiona. La discusión en torno a la sucesión gubernamental y el intento de posicionar a la senadora Ruth González Silva como continuidad del poder abre un debate serio sobre nepotismo, en confrontación incluso con posturas federales. La política, lejos de clarificarse, se enreda en disputas que evidencian más una lucha por el control que una visión de Estado.

Mientras tanto, el Partido Verde —con fuerte arraigo familiar en el poder local— y sus alianzas coyunturales se repliegan ante reformas que amenazan su permanencia, recordándonos el origen pragmático de muchos de estos institutos políticos y su función histórica dentro del sistema.

Pero quizás uno de los síntomas más graves está en el terreno cultural. La Feria Nacional Potosina se ha consolidado como el gran escaparate del modelo: artistas seleccionados desde el gusto personal del gobernador, ausencia de curaduría cultural, nula apuesta por la formación de públicos o la diversificación estética. La cultura reducida a cartelera.

En este contexto, la Secretaría de Cultura del estado aparece desdibujada, sin proyecto, sin dirección, sostenida apenas por esfuerzos aislados. Los recintos culturales —el Centro de las Artes, el Museo Laberinto, el Museo Federico Silva, el MAG— sobreviven como pueden, sin una política clara que los articule, sin recursos suficientes, bajo el constante argumento de una “herencia maldita” que ha terminado por convertirse en coartada para la inacción.

Y en medio de todo esto, la imagen. La aparición del gobernador y su esposa en la Procesión del Silencio no es un gesto menor. No por la anécdota de la vestimenta, sino por su carga simbólica: una presencia que no estuvo en los primeros años y que ahora se vuelve estratégica. La política entra en escena. El ritual se vuelve también plataforma. El mensaje es claro:

el proceso electoral ya comenzó.

San Luis Potosí parece transitar hacia un modelo donde el espectáculo sustituye al proyecto, donde la visibilidad reemplaza a la profundidad y donde la política se convierte en una puesta en escena permanente. A esto se suma un ecosistema mediático fracturado: por un lado, voces críticas que son señaladas y atacadas; por otro, una red creciente de medios alineados al presupuesto público que celebran sin cuestionar.

El resultado es inquietante: un estado que pierde dirección, que diluye su identidad en eventos efímeros, que abandona su infraestructura cultural y que convierte el ejercicio del poder en una narrativa de entretenimiento continuo.

Y entonces la pregunta ya no es sólo en qué se ha convertido San Luis Potosí.

La pregunta es más grave: ¿Qué quedará cuando el espectáculo termine?

Si es que termina.

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