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2026, tiempos líquidos: Trump, miedo y la política sin frenos

A la memoria de Alex Valencia (1973-2026).

“El miedo es más temible cuando es difuso, disperso, cuando no está claro de dónde viene ni cómo detenerlo.” -Zygmunt Bauman

Comenzamos un 2026 excepcionalmente complicado, donde la incertidumbre se ha convertido en la tesitura dominante de los tiempos por venir. Un año marcado por la aceleración de eventos que cuestionan no sólo estructuras políticas, sino también los fundamentos de nuestra convivencia cívica y social.

El retorno de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos, un personaje que ha sido juzgado por delitos de acoso, abuso sexual y corrupción, entre otros temas —y que, pese a ello, ha logrado no sólo recuperar el poder sino cimentarlo en apenas un año—, ha puesto al mundo de cabeza. El 3 de enero, con un ataque relámpago que parece salido de un guion de película, Trump ordenó la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro y de su esposa, bajo la bandera de una defensa de la democracia. El efecto inmediato fue una mezcla de celebraciones, rechazos y un caos interpretativo global.

Sabemos bien —y se ha dicho ya en múltiples espacios— que esto no es simplemente reactivar la democracia. Si bien en Venezuela se evidenció un autoritarismo prolongado que ha recrudecido violaciones a los derechos humanos y la erosión de las libertades civiles, la narrativa de “liberar democráticamente” se mezcla con una intervención de carácter claramente invasivo, dirigido por un presidente que parece regirse por su propia moral por encima del derecho internacional y las normas que ordenan la convivencia entre naciones.

En ese sentido, Trump encarna una práctica de poder que pone en jaque no sólo a las instituciones globales establecidas tras la Segunda Guerra Mundial, sino también a la lógica misma de cooperación entre países. Sus amenazas no se han limitado a Venezuela: ha insinuado incluso la posibilidad de agredir a México o a Colombia por cuestiones de narcotráfico, planteamientos que, lejos de aliviar tensiones, exacerban la incertidumbre de toda la región. Esta forma de actuar desdibuja los límites entre política exterior y un neofascismo autorreferencial que desoye las normas, multiplicando un riesgo global cuyas consecuencias aún no podemos medir con certeza.

Al mismo tiempo, sería ingenuo no mirar hacia adentro de nuestras propias sociedades. El caso de México ilustra que el desafío no sólo es externo. La debilidad institucional frente al crimen organizado continúa siendo un reto mayúsculo, y las acusaciones de nexos entre estructuras políticas y el narcotráfico no pueden ser ignoradas si aspiramos a una estabilidad que no dependa únicamente de lo que pase más allá de nuestra frontera norte. Que el gobierno mexicano se muestre más firme frente a estas amenazas internas es una exigencia social urgente.

Y mientras el mundo mira con preocupación a Washington y Caracas, en el plano local —en San Luis Potosí— la política también refleja esa mezcla líquida de poder, incertidumbre y resignificación social. La llamada “ley gobernadora” —o “ley Ruth”— implantada por el gobernador Ricardo Gallardo Cardona, ha tenido que dar marcha atrás ante las presiones políticas y mediáticas. La posibilidad de interponer recursos legales ante la Suprema Corte fue suficiente para que la iniciativa fuese vetada, revelando no sólo las tensiones internas dentro de los poderes, sino la fragilidad de proyectos que, bajo el discurso de progreso, terminan evidenciando intereses particulares, o en este caso, el interés por favorecer a quienes tienen nombres y apellidos propios: entre ellos, la senadora Ruth González, cuya presencia sigue siendo central en la política potosina.

Es en este contexto de incertidumbre política y social donde quiero traer la reflexión del sociólogo Zygmunt Bauman, uno de los pensadores más lúcidos sobre la condición humana en tiempos de cambio acelerado. Para Bauman, la modernidad contemporánea es una “modernidad líquida”, un mundo donde nada parece sólido ni permanente, donde “la incertidumbre es la única certeza en el mundo actual”.

Esa metáfora del líquido describe la fragilidad de nuestras instituciones, de nuestras relaciones y de nuestras certezas como sociedad. Así como el amor en tiempos líquidos, que se torna frágil, superficial y marcado por el miedo al compromiso, también nuestras estructuras democráticas y políticas se enfrentan hoy a una liquidez que amenaza con disolver los lazos que las hacen robustas. En el pensamiento de Bauman, vivimos una sociedad donde las relaciones humanas pueden convertirse en mercancía, donde lo que valoramos puede volverse obsoleto con rapidez, donde la inseguridad emocional, afectiva y social se vuelve un estado permanente.

Si trasladamos esa idea a la política global y local, comprendemos que la erosión de compromisos —ya sea el compromiso con leyes, derechos humanos o con el proyecto común de una nación— es parte de un tiempo donde las certezas se disuelven con la misma facilidad con que se destruyen los vínculos emocionales. La política líquida no se ancla en valores duraderos; se adapta, cambia y frecuentemente se desentiende de los efectos humanos de sus decisiones.

El desafío que tenemos en este 2026 es enorme: no solo resistir la amenaza de un líder internacional que aparenta regirse por su propia moral arbitraria, sino también fortalecer desde adentro las capacidades cívicas de nuestras comunidades y gobiernos para que las relaciones —políticas, sociales y personales— no se vuelvan tan líquidas que se evaporen sin dejar rastro. En un tiempo donde la política y la vida pública parecen recorrer caminos cada vez más inestables, la pregunta esencial que nos plantea Bauman es ésta: ¿cómo construir algo que dure, que resista el embate de lo efímero y lo inmediato?

El miedo, como decía Bauman, es el nombre que damos a la incertidumbre ante amenazas que no entendemos del todo y ante las que no sabemos cómo responder. Y esa misma incertidumbre está hoy en el centro del debate global y local. Nos esperan tiempos complejos, sin duda, pero también es en estos momentos de fragilidad donde se ponen a prueba la valentía, la fortaleza y la capacidad colectiva de construir puentes sólidos en medio de la liquidez imperante.

Feliz y más que optimista, 2026. Hasta la próxima.

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