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Interapas y Soledad: el problema de quien administra y no de quien resuelve

Hay decisiones públicas que se anuncian como solución y terminan exhibiendo el problema de fondo. La insistencia en separar a Soledad de Graciano Sánchez del Interapas entra en esa categoría: más narrativa política que política pública. Y no por falta de tiempo —meses de anuncios, fechas movidas y “cierres” que se reabren—, sino por la ausencia de un componente básico: sustento técnico verificable.

El nuevo plazo, fijado ahora para el 30 de mayo, suena menos a certidumbre y más a guion reciclado. La promesa se ha repetido tantas veces que perdió su valor informativo. Mientras tanto, el diagnóstico real permanece intacto: cartera vencida, falta de inversión por parte del municipio y negligencia sistemática para resolver el fondo del asunto. En ese contexto, cambiar la estructura administrativa sin explicar el modelo operativo no suena a solución, sino a grilla.

La pregunta clave sigue sin respuesta: ¿cómo mejorará el servicio? No hay plan hídrico público, no hay ruta de inversión detallada, no hay claridad sobre fuentes de abastecimiento ni sobre la ingeniería institucional que sustituirá al organismo actual. Lo que sí hay es una coreografía discursiva entre el Ejecutivo estatal y el gobierno soledense, donde la explicación técnica brilla por su ausencia.

Aquí es donde el argumento se desplaza del terreno hidráulico al político. Diversos especialistas han advertido que la desincorporación, por sí sola, no garantiza mejoras en cobertura ni en calidad. Y tienen razón: la gobernanza del agua no se resuelve fragmentando estructuras, sino fortaleciendo capacidades técnicas, financieras y de control. Separar sin rediseñar el sistema es, en el mejor de los casos, una apuesta incierta; en el peor, una simulación.

El componente financiero es todavía más delicado. La operación de agua potable no solo implica servicio público, también flujo de recursos: tarifas, contratos, obra, mantenimiento. En ese ecosistema, la creación al “ahí se va” de un nuevo organismo sin la vigilancia de una junta de gobierno robusta abre una zona de riesgo evidente. Traducido sin eufemismos: la separación puede convertirse en un negocio de gran escala para el municipio de Soledad, con márgenes suficientes para beneficiar a unos cuantos si no existen contrapesos reales.

Y ese es el punto que se evita discutir. La narrativa oficial vende autonomía; la lectura crítica observa concentración de control. Sin un órgano colegiado que supervise decisiones, licitaciones y finanzas, el nuevo esquema podría operar con discrecionalidad. En un municipio donde la transparencia suele ser opcional, eso no es un detalle menor, es el corazón del problema.

Al final, la disputa parece centrarse en quién administra el agua, no en cómo garantizarla. Arriba, los actores políticos compiten por el control de la llave institucional; abajo, la ciudadanía sigue esperando que, al menos, salga agua de la llave doméstica. Y esa brecha, entre el discurso y el servicio, es la que ningún decreto ha logrado cerrar.

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