Siempre nos han contado que el éxito es una escalera recta, un ascenso impecable hacia la cima. Pero, al observar de cerca las vidas de mujeres como Claudia Corichi García y Rosa Bechara Arriola, uno comprende que el éxito no es una línea, sino un jardín que se planta, se cuida y, a veces, se tiene que defender de la tormenta.
Lo primero que me salta a la vista al leer sobre Claudia Corichi es su convicción de que «la vida no es lineal». En un mundo que exige resultados inmediatos, ella nos recuerda que la constancia y el valor para enfrentar resistencias son lo que realmente marca la diferencia. Claudia no es solo una economista o una política; es una tejedora de redes.
Desde su trinchera, ha entendido que la justicia social y la paridad de género no son conceptos abstractos, sino herramientas para que otras mujeres, esas que ella ayudó con microcréditos en Zacatecas, puedan ser dueñas de su propio destino. Me resuena profundamente su visión en Sorora: esa idea de que si una crece, crecemos todas. Es un liderazgo que no mira hacia abajo, sino hacia los lados, buscando manos que sostener.
Por otro lado, la historia de Rosa Bechara me parece un ejercicio fascinante de resiliencia pura. Imagino a esa niña de diez años enviada al Líbano, enfrentando un choque cultural y el aislamiento, y veo cómo ese dolor se transformó en un carácter inquebrantable.
Rosa no encaja en el molde tradicional, y qué bueno que no lo haga. Abrirse paso en el sector inmobiliario e industrial —terrenos históricamente custodiados por hombres— sin capital propio y enfrentando el desdén abierto, requiere algo más que inteligencia; requiere una fe absoluta en la propia capacidad. Inaugurar un parque industrial a los 30 años no fue una victoria de la suerte, sino de una estrategia blindada contra el escepticismo ajeno.
Lo que más me conmueve de ambas es que, habiendo llegado a la cumbre de sus respectivas áreas, ninguna decidió quedarse sola en la cima. Ambas han traducido su experiencia personal en una agenda colectiva. Claudia, luchando contra la desigualdad salarial; Rosa, visibilizando trayectorias femeninas para que ninguna otra mujer tenga que trabajar en aislamiento como ella lo hizo durante años.
Al final, me quedo con la poderosa cita de Virginia Woolf que corona la historia de Claudia: «No esperes a que alguien te traiga flores. Planta tu propio jardín y decora tu propia alma». Claudia y Rosa son, precisamente, jardineras de su propia realidad. Nos enseñan que el liderazgo no es mandar, sino tener la autonomía para decidir quiénes queremos ser y la generosidad para abrir el camino a las que vienen detrás.
En sus historias, el fracaso y la incertidumbre no son finales, sino puntos de inflexión. Y eso, en estos tiempos, es la lección más valiosa que podemos aprender.


