Aunque se reconoce que los potosinos sentían una especie de nostalgia por el Tangamanga Splash, sobre todo los mayores de 25 años, también es una realidad que las nuevas generaciones cuentan con poco arraigo; más bien, están más preocupados por la importancia del cuidado del agua, estamos ante otra realidad.
El Dinoasis no era una petición a gritos de los potosinos, no es claramente una necesidad y en los hechos tampoco se logró el objetivo de acercar estos espacios a las clases populares: un costo de 300 pesos por adulto y 200 por niño hace que se coloque muy lejos del bolsillo de una familia promedio.
Lo que sí es una exigencia muy sentida de la ciudadanía es contar con acceso al agua, que de una vez por todas el gobierno estatal se ponga a trabajar y le exija a la empresa operadora de El Realito, que nos sigue costando millones de pesos mensuales, que ponga una solución definitiva al suministro de agua.
Pero no, Ricardo Gallardo Cardona sigue más preocupado en ser popular con su eterna campaña para perpetuarse en el poder, que interesado en gobernar y resolver de raíz el problema de abastecimiento de agua; entonces, en lugar de enfocarse en solucionar el leonino contrato de El Realito, le parece mejor idea derrochar millones de pesos y agua en un balneario que nadie pedía.
El hecho de que en sexenios anteriores se abriera solamente en temporada vacacional obedecía a una estrategia: no gastar recursos financieros, energéticos y naturales de forma absurda, porque seamos realistas, fuera de ese período, los padres de familia trabajan y los hijos van a la escuela, y tampoco es que el sitio tenga el potencial turístico de balnearios que son visitados todo el año, como las Grutas de Tolantongo o el balneario Spa El Geiser.
Sí en verdad eso se quisiera, se concentrarían en no dejar morir los otros atractivos del Parque Tangamanga, como lo es su lago, que se encuentra casi seco.
Mientras cada vez ante cada falla de El Realito, que suele suceder con frecuencia, colonias como Himno Nacional, Balcones y San Juan de Guadalupe se ven afectadas inmediatamente; para atender la interrupción por la red se habilitan pozos, como el ubicado al costado del Museo Laberinto, y así abastecer por medio de pipas.
Dígame usted ¿de dónde cree que se está sacando el agua que contienen las albercas del Dinoasis?, cantidad que no es menor.
Si solo tomamos en cuenta las dos albercas gemelas que forman la famosa alberca de olas, se trata de alrededor de un millón de litros cúbicos de agua para lograr su llenado. Traducido a la vida diaria, esto implica alrededor de 100 pipas de 10 mil litros, cerca de mil tinacos de mil 100 litros, más de 20 mil baños de regadera o el consumo diario de 6 mil 600 personas.
Es decir, se resolverían necesidades básicas de muchas personas durante semanas. Sabemos que en la zona metropolitana hay zonas donde el agua llega por tandeo, donde almacenar en tambos o tinacos es una forma de vida; entonces, una fuga o la descompostura de un pozo se vuelve problema serio.
¿Era entonces realmente necesario destinar ese volumen de agua para un Dinoasis que se encuentra casi vacío? Ni el propio gobernador se atreve a dar una cifra exagerada de esas que acostumbra; hace unos días, ante una pregunta acomodada para su lucimiento, se limitó a decir que no se ha cerrado el informe de visitantes de la primera semana de su balneario.


