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Entre Morena y la gallardia: la disputa del poder que olvida al pueblo

La pregunta ya no es quién ganará la próxima elección. La pregunta es más incómoda: si el pueblo seguirá validando esa lógica… o si, en algún punto, decidirá romperla.

“Cuando el poder se separa del pueblo, deja de ser poder y se convierte en imposición.”
— Inspirado en Hannah Arendt, Jean-Jacques Rousseau, Michel Foucault y John Locke

¿Puede un grupo político asumirse como mayoría absoluta sin escuchar al pueblo que dice representar? ¿En qué momento la disputa por el poder sustituyó al compromiso con la ciudadanía? ¿Estamos frente a una democracia viva… o ante un sistema que administra lealtades?

La soberbia es algo difícil de contener y casi nunca termina bien. Las declaraciones de la senadora Ruth González Silva, esposa del gobernador de San Luis Potosí, Ricardo Gallardo Cardona, no dejan espacio a la duda: dentro del Partido Verde Ecologista de México se perciben como una fuerza capaz de prescindir del partido gobernante, Morena, para disputar en solitario la gubernatura del estado.

No es solo una declaración política. Es una señal.

Una señal de cómo se concibe el poder: como territorio propio, como botín en disputa, como certeza anticipada.

Todo ello, además, en tensión con la postura de la presidenta Claudia Sheinbaum frente al nepotismo político. Mientras a nivel federal se intenta acotar estas prácticas, en lo local se busca posponerlas, administrarlas, diluirlas en el tiempo. Como si el problema no fuera ético ni político, sino simplemente de calendario.

Y ahí comienza la fractura.

Porque cuando el poder empieza a justificarse a sí mismo, deja de rendir cuentas.

Durante años, el discurso en México fue el de una derecha que gobernó bajo una lógica neoliberal que profundizó la desigualdad. La llegada de la izquierda en 2018, encabezada por Andrés Manuel López Obrador, prometía desmontar ese modelo.

Pero lo que hemos visto no es una ruptura, sino un reacomodo más eficiente.

Las relaciones con el poder económico no desaparecieron; se reconfiguraron. Figuras como Carlos Slim, Ricardo Salinas Pliego o Emilio Azcárraga Jean han transitado entre cercanía y confrontación, sin que ello altere de fondo la estructura que concentra riqueza y decisiones.

En paralelo, los programas sociales han aliviado necesidades reales. Negarlo sería absurdo. Pero también han instalado una lógica delicada: la del beneficio inmediato como sustituto de la transformación estructural.

Ahí es donde la lectura de Michel Foucault resulta incómoda pero precisa: el poder no solo se impone, también se administra. Y cuando se administra bien, puede incluso ser agradecido, aunque no emancipe.

El control más eficaz no es el que se siente, sino el que se acepta.

Desde Jean-Jacques Rousseau sabemos que la soberanía reside en el pueblo. Pero cuando esa voluntad es sustituida por cálculos políticos, por estrategias de permanencia o por redes de lealtad, el contrato social deja de operar como principio y se convierte en discurso.

Entonces, como advierte Hannah Arendt, el poder se vacía. Lo que queda es su simulación: una estructura que funciona, que reparte, que organiza… pero que ya no representa.

Y en ese vacío, la ciudadanía también se transforma.

Se vuelve cauta, dependiente, incluso silenciosa. No por falta de inteligencia, sino por desgaste. Porque en contextos de precariedad, cuestionar puede parecer un lujo. Pero ese silencio tiene consecuencias.

El poder ciudadano no desaparece, pero se adormece. Se reduce al voto. Se fragmenta. Se posterga. Hasta que algo lo despierta. Y es ahí donde la soberbia se convierte en error político.

Porque ante la petulencia —esa certeza de que el poder está asegurado— conviene recordar que el electorado no es estático. Puede parecerlo. Puede incluso tolerar. Pero también puede romper.

Ahí está el antecedente: la derrota de Ricardo Gallardo Juárez en su intento de reelección como alcalde de la capital, resultado de un voto de castigo frente a un gobierno percibido como excesivo, desproporcionado y marcado por la corrupción.

Ese episodio no es menor. Es una advertencia latente.

Porque cuando el poder olvida al pueblo y lo utiliza únicamente como medio, cuando el beneficio colectivo queda relegado al discurso mientras la práctica responde a otros intereses, la democracia entra en una zona de simulación peligrosa.

Y una democracia que simula, se desgasta.

La pregunta ya no es quién ganará la próxima elección. La pregunta es más incómoda: si el pueblo seguirá validando esa lógica… o si, en algún punto, decidirá romperla.

Porque ningún poder es permanente cuando se ejerce desde la soberbia.

Y cuando el pueblo deja de creer, no hay estructura, discurso ni alianza que alcance para sostenerlo.

Hasta la próxima.

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