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“Pingo”, la gallardia y el espejo del poder que no se transforma

Escuchar al monero Pingo en el conversatorio Palique es enfrentarse a 40 años de crítica política insobornable. Su trazo desnuda una realidad incómoda: en San Luis Potosí los partidos cambian, pero las prácticas de soberbia y abuso permanecen.

Con mi gran admiración a Pingo.

“La caricatura política es una forma de hacer periodismo sin pedir permiso.”
— Eduardo del Río Rius

¿Por qué, pese al paso del tiempo y los cambios de partido, las prácticas del poder parecen repetirse sin transformación real? ¿Qué tipo de ciudadanía estamos construyendo cuando el voto responde más a la necesidad inmediata que a la conciencia crítica? ¿Hasta dónde puede llegar un poder local que decide desafiar incluso las líneas del poder federal sin consecuencias visibles?

El pasado lunes 13 de abril tuve la oportunidad de escuchar al monero potosino Alfredo Narváez, mejor conocido como Pingo, en la emisión 401 de Palique, el ya emblemático conversatorio impulsado por la maestra Ana Neumann en la casa museo del poeta Manuel José Othón, en San Luis Potosí.

Escuchar a Pingo no es solamente asistir a una charla: es enfrentarse a un archivo vivo de la historia política del estado. Durante casi cuatro décadas, su trazo ha sido ácido, crítico, incómodo. Un trazo que no adorna: exhibe. Un trazo que no suaviza: desnuda. Y en ese ejercicio —que podría parecer “solo” humor gráfico— ha puesto en jaque a generaciones enteras de la clase política.

Pero lo más relevante no es únicamente su agudeza, sino su ética. Pingo ha sabido mantenerse en una línea crítica constante frente al poder, incluso cuando eso ha implicado amenazas reales a su integridad, al punto de estar incorporado en mecanismos de protección para periodistas. Porque sí: lo que hace, desde el dibujo, es también una forma de periodismo.

Y es desde ahí —desde esa mirada persistente— que emerge una reflexión incómoda: el poder no cambia.

Durante el conversatorio, entre risas y comentarios aparentemente ligeros, se colaba una certeza profunda: los rostros se transforman, los partidos se alternan, los discursos se reciclan… pero las prácticas del poder permanecen. La soberbia, el abuso, el capricho y la desconexión con la ciudadanía parecen ser constantes históricas más que accidentes del presente.

Hoy, esa reflexión se vuelve inevitable al mirar lo que ocurre en San Luis Potosí.

El actual gobierno encabezado por Ricardo Gallardo Cardona ha consolidado un estilo de ejercer el poder que dista de ser ciudadano o participativo. Más bien, se percibe como un ejercicio personalista, donde las decisiones responden a intereses particulares antes que a un proyecto colectivo. Un gobierno que, lejos de construir institucionalidad, parece operar desde la voluntad del gobernante en turno.

Y en ese contexto, la intención de dar continuidad al poder a través de su esposa, Ruth González Silva, no solo enciende alertas por el evidente sesgo de nepotismo, sino que revela una lógica profundamente arraigada: el poder como patrimonio.

Esto ocurre, además, en tensión directa con la postura de la propia presidenta de la República, Claudia Sheinbaum, y del partido Morena, que han impulsado medidas para frenar este tipo de prácticas. Sin embargo, el Partido Verde Ecologista de México ha decidido ir solo, apostando a sostener el control del estado con una candidatura que prolongue el mismo grupo en el poder.

La pregunta es inevitable: ¿qué tipo de poder se siente con la capacidad de desafiar incluso al poder presidencial?

La respuesta no es sencilla. Pero sí revela algo inquietante: la existencia de estructuras, redes e inercias que superan los discursos institucionales. Poderes que no necesariamente se someten a la lógica democrática, sino que operan desde la acumulación, la influencia y, en muchos casos, la opacidad.

Sin embargo, el problema no termina en la clase política.

También como ciudadanía hemos fallado en romper ese ciclo. Entre la necesidad económica, los programas sociales utilizados como mecanismo de control y una cultura política debilitada, una parte importante de la población termina sosteniendo el mismo sistema que la precariza. Se vota por quien da, no por quien construye. Se responde a la presión, no a la conciencia.

Y ahí es donde la reflexión de Pingo adquiere toda su dimensión.

Porque bajar del pedestal a los gobernantes —verlos como lo que son: seres humanos falibles, atravesados por ambiciones, errores y, muchas veces, excesos— es un acto político en sí mismo. Es romper la narrativa del poder como algo incuestionable. Es abrir la posibilidad de exigir.

Hoy, San Luis Potosí vive una paradoja: se nos habla de avance, pero se perciben retrocesos. Se nos vende progreso, pero se experimenta deterioro. Se nos promete transformación, pero se repiten las mismas prácticas de siempre.

La gallardía, más que un proyecto político, parece haberse convertido en un síntoma de algo más profundo: la incapacidad estructural de transformar la relación entre poder y ciudadanía.

Volver a Pingo es, entonces, volver a un espejo incómodo. Uno que no solo refleja a los gobernantes, sino también a nosotros mismos. Porque mientras el poder no cambie… la pregunta pendiente es si nosotros, como sociedad, estamos dispuestos a hacerlo.

Mucho, mucho aún por hacer. Hasta la próxima.

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